31 marzo 2006

Elegía

Golondrina del alba sombría, mariposa del alba radiante:
cuánto puede durar un instante, ¡Un instante de noche en el día!

Yo, que supe ignorar tantas cosas,
ahora sé que jamás nos veremos, pues te fuiste, empuñando los remos,
en tu barca cubierta de rosas.

Ahora sé la verdad de la tierra,
que florece aunque nadie la labre,
y la puerta de luz que se abre si una puerta de sombra se cierra.

Ahora sé que la noche no miente cuando deja de caer su rocío:
Fue un rosal a la orilla de un río, y quizás lo arrastró la corriente...

Y te fuiste, luciérnaga loca, golondrina del alba sombría,
con el tibio sabor de tu boca -¡de tu boca que nunca fue mia



El clavel seco Como el clavel del patio estaba seco,

yo, entristecido por sus tristes males,
bajé al jardín para cavar un hueco,

Y eran rosales cerca,
gajo a gajo en una cercanía indiferente pero al cavar un poco,
vi allá abajo sus raíces trenzadas locamente.

Así, esta tarde, descubrí el secreto de un cariño verdadero, hondo y discreto,
transplantando un clavel que se secó.

Y, en nuestra indiferente cercanía,
qué loco ensueño se descubriría si alguien cavara un hueco entre tú y yo.


autor: jose angel buesa





Tal vez no sepas nunca cuándo y cómo
quise salvar mi amor, tu amor. El nuestro.


Una vez será tarde.
Yo presiento
esa herida que avanza,
ese cierto dolor de no querernos.


Cómo decirte ahora:
mírame aún, así, trata de verme
como soy, duramente.
Con mi ternura. Claro, y mis tormentas.


Cómo decirte: sálvalo, si quieres
y cuídalo. Se te ha ido de las manos,
se me va de la sangre y no regresa.


Cómo decirte que te quiero menos
y que quiero quererte como entonces.
Y que entiendas
y no te encierres más.
Y me dejes creer en ti, de nuevo.


Cómo decirte nada.
Un día será tarde. Tarde y lejos.


autor: Juana de Ibarbourou




Me negaron el ritmo,
por beber a destiempo:
soberbiamente me condenaron
a no ejercer este oficio.

Confiscaron mis metáforas,
por ser la de un pecador inconfesable:
dogmáticamente me obligaron
a seguir sus pasos rectos.

Me privaron de la rima,
por sonreír en puertos desolados:
sesudamente desenvainaron sus espadas
para acabar con mi locura.

Mataron mis palabras sutiles,
por andarme con remilgos;
antojadizamente aseguraban
que era una sombra absurda.

Al fin, cuando aprestaba a marcharme,
encadenaron mis pensamientos,
sometieron mis manos al fuego
y amputáronme las piernas,

para ser como soy.




autor: john cuellar

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